En esta utopía, los árbitros no tienen apuestas secretas ni reciben llamadas misteriosas antes de los partidos. No hay penales inventados en el último minuto ni VAR operado por ciegos con intereses ocultos. Los partidos se ganan por talento, no por favores arbitrales. Pero claro, en la vida real, el fútbol está más arreglado que un guion de Hollywood, y las apuestas mueven más que el amor al deporte.
