Las redes no son trampas de dopamina diseñadas para esclavizar a la atención. En esta utopía, nadie finge una vida perfecta en Instagram ni se envenena con odio en Twitter. No existen algoritmos diseñados para polarizar, manipular y monetizar nuestra indignación. Aquí, la gente usa la tecnología para conectar de verdad, no para alimentar su ego con likes. Pero claro, en la vida real, las redes están hechas para atraparnos en un ciclo infinito de comparación, ansiedad y consumismo.