Las ciudades están diseñadas para las personas, no para los autos. En esta utopía, los embotellamientos son cosa del pasado, el transporte público es gratuito, ecológico y puntual, y no hay más calles saturadas de gente histérica tocando el claxon. La movilidad es ágil, los trenes y buses funcionan con energía limpia, y los peatones tienen prioridad sobre los coches. ¿Y los aviones? Son accesibles para todos, no un lujo. Pero en el mundo real, el tráfico es una forma de tortura aceptada como parte de la vida moderna.