Aquí, los vecinos no espían detrás de las cortinas, no critican el volumen de la música ni roban el WiFi ajeno. No hay escándalos nocturnos ni chismes venenosos en los grupos de WhatsApp. Todos se ayudan sin esperar nada a cambio, y el edificio o barrio es una comunidad armoniosa. Pero en la realidad, siempre hay un vecino metiche, otro ruidoso y alguno que disfruta hacerle la vida imposible a los demás.